El presidente Trump ha publicado hace un par de días este mapa de Venezuela con los colores de la bandera estadounidense. Foto: Captura de Truth Social.
En los últimos días ha circulado una idea polémica de que Venezuela llegue a convertirse en el "estado 51" de los Estados Unidos de América. Nadie se la inventó, salió de la boca del presidente actual de esa nación Donald Trump, lo que ha generado un debate internacional por activa y por pasiva.
Además de publicarlo en su cuenta de la red social Truth Social (@realDonaldTrump), lo ha dicho en varias alocuciones. No es un plan real, sino una idea política sin estructura legal detrás. No existe ni ha existido ni creo que existirá una propuesta formal en el Congreso estadounidense.
No hay un proceso jurídico en marcha, no hay con quién hacer una negociación oficial con el Estado venezolano, pues el dictador Maduro Moros está en prisión preventiva en una cárcel federal y Edmundo González Urrutia, ganador de las elecciones del 28 de julio de 2024 se encuentra en el exilio en Madrid, España.
Trump mencionó de forma pública esa posibilidad con imágenes simbólicas del mapa de Venezuela integrada en Estados Unidos y haciendo referencias a sus reservas petroleras estimadas en 40 billones de dólares. En paralelo, cuentas oficiales de EE.UU. difundieron imágenes similares, lo que aumentó la polémica internacional.
Para que Venezuela fuera un estado de EE.UU. haría falta mucho camino por recorrer. Primero esa intención debería ser aprobada por el Congreso estadounidense, contar con la aceptación del gobierno venezolano (no hay uno oficial sino uno interino a cargo de Delcy Rodríguez) y de la población venezolana. Además de ser un proceso constitucional complejo con tratados internacionales de por medio.
Incluso Juristas y académicos como el Brookings Institution y las facultades de Derecho como Havard o Yale en estudios sobre expasión territorial, afirman que la configuración de los nuevos estados está regulada por el Artículo IV de la Constitución de los Estados Unidos y que la anexión de un Estado Soberano moderno es prácticamente iniviable porque violaría normas básicas del derecho internacional en temas de soberanía y autodeterminación.
Otras anexiones
La idea de que un país soberano se convierta en un estado de Estados Unidos suena extraordinario hoy, pero en la historia si ha habido procesos de expansión territorial. Sin embargo, ninguno es comparable con Venezuela.
Por ejemplo, Hawai, era un reino independiente hasta el siglo XIX, hasta que fue derrocado políticamente y luego convertido en territorio americano en 1898, mientras que en 1959 fue que se convirtió en un estado de esa gran nación.
Con respecto a Texas, antes de ser un estado más de EE.UU. fue una república independiente (República de Texas) entre 1836 y 1845.
Con Alaska, pasó otra cosa. EE.UU. compró Alaska al Imperio ruso en 1867 y luego se convirtió en estado americano en 1959. Fue una transición territorial entre imperios, no un país moderno soberano.
Por su parte, Puerto Rico, hoy es un territorio no incorporado, no un estado. Fue cedido por España a EE.UU. tras la guerra hispano-estadounidense. No es un país independiente y su estatus sigue siendo ambiguo y dependiente.
Venezuela es una Estado soberano reconocido internacionalmente desde el 5 de julio de 1811 e independiente desde 1830, con una identidad nacional consolidada, miembro de la ONU desde 1945, miembro fundador de la OPEP desde el 14 de septiembre de 1960, con ejército, instituciones y fronteras definidas hasta que llegó al poder Hugo Chávez Frías y modificó la Carta Magna para concentrar todos los poderes en un solo y a su mando en 1999.
El país caribeño, forrado en petróleo y oro una geografía estrátegica en el continente americano, ha atravesado más de dos décadas de profunda crisis política, económica e institucional bajo el sistema político denominado ¨Socialismo del Siglo XXI¨que lleva 27 años en el poder desde la llegada de Chávez Frías y su continuidad posterior del nefasto dictador Nicolás Maduro.
Esto derivó en un deterioro institucional, una migración masiva de 9 millones de venezolanos, una crisis económica prolongada, persecusión política a opositores, restricciones a libertades políticas, censura de los medios y destrucción del parque empresarial.
Tras la captura de Nicolás Maduro Moros por temas relacionados al narcotráfico en la región, el país vive una etapa de transición política y mucha incertidumbre, con intentos de reordenamiento económico y apertura parcial tras cambios en el poder. El uso del dólar estadounidense mueve la economía pero falta estructurar y regular el salario mínimo, las pensiones y que los venezolanos vuelvan a tener sueldos dignos y decentes como en otras partes del mundo.
Pienso que el presidente Trump usa este tipo de mensajes de anexión, protectorado como un mensaje meramente político o simbólico, que como una propuesta real.
Como venezolana, es dificil ver este tipo de declaraciones sin sentir una pizca de excepticismo. El país ha vivido años de crisis profunda que han afectado su estabilidad interna y su proyección internacional, así que cualquier solución real, debe venir de procesos internos, institucionales y democráticos, no de escenarios externos e improbables.
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Lo que sí me ha quedado claro es que Venezuela este año 2026 sigue estando en la agenda internacional de la geopolítica mundial, se habla de su futuro y de su compleja situación actual.
Me pregunto que pensaría nuestro Libertador Simón Bolívar de estas declaraciones de Trump. Probablemente rechazaría la idea de que Venezuela sea anexada a Estados Unidos. Él defendía la independencia total de los países latinoamericanos, una América Latina unida y libre frente a las grandes potencias y la soberanía sin control extranjero. Cualquier tipo de anexión sería contraria a la libertad por la que luchó durante dos décadas. En su Carta de Jamaica (1815) ya advertía sobre los riesgos de la influencia extranjera en la región.
Aunque hayan circulado memes, publicaciones y declaraciones sobre convertir a Venezuela en el "estado 51" de Estados Unidos, eso no es algo realizable en la práctica bajo el derecho internacional ni el sistema constitucional estadounidense. Sí, es una quimera en el sentido político y jurídico, Señor Trump.