A estas alturas del siglo XXI, parece que sentarse a comer en una primera cita es un deporte de alto riesgo.
Supongo que ya se habrán enterado del colosal drama en redes sociales de un muchacho abrumado que decidió ventilar en internet lo mal que le fue con una chica que el único pecado cometido fue pedir lo más caro de la carta (una hamburguesa triple) y esperar que él pagara.
El joven en cuestión se sintió víctima de una estafa financiera digna de Wall Street, no solo se quejó, sino que la acusó de interesada y de estar buscando un sugar daddy.
Querido pretendiente ofendido de la malograda cita, un sugar daddy te financia la casa, coches, lujos, los viajes y hasta los pensamientos. Si tu presupuesto se tambalea por tres carnes y una rodaja de queso cheddar, el problema no es el mercado del azúcar; el problema es que te falta cancha, mundo y presupuesto.
Como chica de la Generación X, asisto a este circo digital entre la diversión y el asombro. Me crié en una época donde las cosas, para bien o para mal, estaban claras. Tuve la suerte de crecer con un padre proveedor, en un entorno donde los hombres tenían el temple, el orgullo y las maneras sociales para sostener a una mujer. Y cuando digo sostener, no hablo de grandes lujos; hablo de la elegancia básica de brindar un simple almuerzo o una cena sin que eso detonara una crisis existencial o un hilo de quejas en internet.
Es más, crecí viendo a hombres de la vieja escuela con un poder adquisitivo y un orgullo tan inquebrantable que eran capaces de mantener dos fogones -el oficial y el escondido, sin emitir una sola queja. Más allá del debate moral, aquellos tipos proveían para más de una mujer a la vez con absoluto silencio y discreción impecable. En contraste, hoy en día un chico se siente "utilizado" y al borde de la quiebra porque su cita no pidió la promoción del día, y corre a buscar la compasión de un montón de desconocidos en una pantalla. ¡Qué falta de elegancia!
Si yo hubiera sido la chica de la hamburguesa, por pura prudencia o simple orgullo, habría pedido algo intermedio o directamente habría pagado lo mío. Las mujeres de mi generación sabemos ser independientes. Pero el verdadero peligro aquí no es la viveza de ella, es la ordinariez de él.
Exponer a una mujer en redes sociales por el costo de una cena es la antítesis de ser un caballero. Eso no es economía moderna, es una enorme bandera roja.
Mientras tanto, los únicos que realmente deberían estar facturando con toda esta bola de nieve son las hamburgueserías. Si los departamentos de marketing fueran listos, ya tendrían en el menú el "Combo Primera Cita" con una triple carne, extra de queso y libre de complejos. Negocio redondo a costa del drama ajeno.
Un recado para el chico de la hamburguesa triple
Para cerrar este post, una sugerencia al protagonista de este sainete. Señor usted no estás listo para invitar a salir a una mujer. Antes de volver a reservar una mesa, necesitas sentarte a resolver tu baja autoestima y esa impulsividad digital que te lleva a ventilar lo que un verdadero caballero jamás comentaría fuera de las paredes del restaurante. La caballerosidad no se mide en el saldo de tu cuenta, sino en el tamaño de tu discreción.
Al final del día, que una cita cuaje o no es perfectamente normal, pero siempre será mejor dejar un buen recuerdo que convertirse en el protagonista de una historia tan miserable. A los caballeros de cristal de la nueva era solo me queda decirles, si no pueden con el voltaje de una primera cita, es mejor que se queden en casa cocinando pasta. Al menos así no habrá cuentas que dividir, ni reputaciones que destruir por un par de likes.