Hoy, 17 de agosto de 2025, se cumplen ocho años del atentado que marcó para siempre a Barcelona y a quienes estábamos cerca, de una forma u otra. Aunque el tiempo pasa, el recuerdo de aquella tarde sigue vivo. Basta caminar por Las Ramblas y detenerse en el mosaico de Miró para que regresen las imágenes, los silencios, las flores depositadas y las lágrimas que todavía hoy se dejan caer.
El 17 de agosto de 2017 fue un día luminoso de verano. Las Ramblas, como siempre, estaban llenas de vida: turistas, familias, niños, paraditas, artistas callejeros. En cuestión de segundos, todo cambió. Una furgoneta bajó atropellando a quienes encontraba en su camino. El bullicio alegre se convirtió en gritos, en estampidas, en confusión. Murieron 16 personas, y más de 300 resultaron heridas. No fueron solo cifras; fueron vidas arrancadas de golpe, familias enteras que quedaron con un vacío imposible de llenar.
Horas después, en Cambrils, la pesadilla se repitió; un grupo de jóvenes atacó con cuchillos a quienes se cruzaban en su camino. Allí la rápida reacción de los Mossos evitó que la tragedia fuera aún mayor, pero la sensación de fragilidad, de inseguridad absoluta, se extendió por todo el país.
Yo creo que todos los que vivimos ese 17 de agosto lo recordamos como una herida compartida. Incluso si no estuvimos allí físicamente, sentimos que algo se rompía. Barcelona, ciudad abierta, cosmopolita y alegre, se vio atravesada por un acto de odio. Y sin embargo, en medio del terror, también surgió lo mejor de las personas, vecinos que socorrían a desconocidos, sanitarios que corrieron hacia el peligro, cuerpos de seguridad que no dudaron. Esa solidaridad espontánea se convirtió en un bálsamo frente al dolor.
La vida después del dolor
Ocho años después, los homenajes siguen siendo sencillos, como siempre pidieron las familias, sin discursos largos ni protagonismos políticos, solo flores blancas, música suave y silencio. Cada clavel colocado en el mosaico recuerda a alguien concreto. un hijo, una madre, un amigo, un turista que jamás pensó que sus vacaciones terminarían así.
Pero el tiempo no borra las secuelas. Muchas víctimas sobreviven con dolores crónicos, con cicatrices visibles e invisibles. Algunos aún luchan contra el miedo cada vez que pisan una calle concurrida. Otros cargan con la ausencia en cada fecha importante, en cada reunión familiar incompleta. Y lo cierto es que a menudo sienten que la sociedad se olvida rápido, que el acompañamiento institucional no está a la altura.
¿Y los responsables?
La justicia actuó, pero no todo quedó resuelto. Los autores materiales murieron abatidos o en la explosión de Alcanar, la víspera del atentado.
Solo tres personas fueron juzgadas, Mohamed Houli Chemlal, que sobrevivió a la explosión y cumple 43 años de condena en Córdoba; Driss Oukabir, que alquiló la furgoneta y fue condenado a 36 años, ahora cumpliéndolos en Marruecos tras su expulsión; y Said Ben Lazza, sentenciado a 18 meses y también expulsado a Marruecos en 2024.
En la memoria colectiva queda la pregunta de si se podía haber hecho más para prevenirlo, si las autoridades supieron todo lo que debían sobre el imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty. Esa duda es una herida abierta para muchos familiares, que reclaman “verdad y justicia” completas, no solo a medias.
Recordar para no repetir
Quizá lo más difícil, ocho años después, es aceptar que la herida nunca se cierra del todo. La ciudad ha seguido adelante, aunque abunda la inseguridad Las Ramblas vuelven a estar llenas de vida, de turistas que quizás no saben qué pasó allí mismo hace unos años. Pero para quienes lo recuerdan, cada paso sobre esas baldosas es también un acto de memoria.
El 17-A nos enseñó lo frágil que es todo, lo efímera que puede ser la vida. También nos recordó la fuerza de una ciudad que, en lugar de hundirse en el miedo, respondió con un mensaje claro: “No tenim por” (no tenemos miedo). Puede sonar a consigna, pero era y sigue siendo una declaración de resistencia, de dignidad frente al odio.
Hoy, al cumplirse ocho años, no se trata solo de recordar el horror. Se trata de recordar a las personas, de abrazar a sus familias con la memoria, de acompañar a los supervivientes en su lucha diaria. Se trata de no olvidar que lo que mantiene viva a una ciudad no son solo sus calles, sino la gente que camina por ellas. Y cada 17 de agosto, esas calles nos recuerdan que la vida sigue, pero el recuerdo también.
A continuación, se presenta una lista con los nombres y las nacionalidades de los fallecidos:
Francisco López Rodríguez (España)
Xavier Martínez (España)
Pepita Codina (España)
Silvina Pereyra (España/Argentina)
Julian Cadman (Australia/Reino Unido)
Luca Russo (Italia)
Bruno Gulotta (Italia)
Carmen Lopardo (Italia)
Elke Vanbockrijck (Bélgica)
Jared Tucker (Estados Unidos)
Ian Moore Wilson (Canadá)
Maria de Lourdes Ribeiro (Portugal)
Maria Correia (Portugal)
Pau Pérez Villán (España)
Ana María Suárez López (España)
Desiré Eugenia Zolotas (Alemania)
Estas víctimas eran turistas que se encontraban en Cataluña durante sus vacaciones y fueron víctimas de la violencia yihadista. La mayoría de ellas falleció en el atropello masivo en Las Ramblas de Barcelona, mientras que una mujer alemana de 51 años murió días después en el hospital debido a las heridas sufridas. Además, un hombre español fue apuñalado en Cambrils.
Fotos de la época agosto 2017 tomadas por ©Verónica González Montiel